lunes, 11 de marzo de 2013

aquí no hay carta que valga, sorpréndeme.

Te sientes como una niña pequeña, sin saber qué ocurrirá pero ansiosa por el momento. Miras, indagas y no paras de imaginar, imaginarte a ti, invadida por mil y una sensaciones mágicas, excitante pero, sobre todo, airosa y triunfadora.

Ni es ni será la primera vez que lo hagas. Notas ese cosquilleo en la boca del estómago, esa sensación muy inusual en ti, pero sabes que cuándo la notas es el principio de algo intrigante. Te sientes atónita, no cabes en tí misma de la inseguridad que te provoca. 

Deshojas uno a uno todos los pétalos de la canción que acompaña a tus pensamientos, esas imaginaciones van impregnando todos los poros de tu piel, repites esa fugaz caricia una y otra vez, la conviertes en realidad, notas los latidos por tus yemas. La respiración es cada vez más entrecortada. Y, cuando estás a punto de llegar al clímax, se hace añicos tu sonrisa y te impregna una frustración inequívoca pero a la vez embriagadora.

Prisas. no conoces otra forma de llegar a los sitios. Y mientras caminas, o mejor dicho flotas, te recorre un hormigueo abriendo esa puerta que te transporta a esa mirada, esa sonrisa y vuelves al sueño. Te sumerges en esa sensación de bienestar, vuelves a nublar la mente, dejas que todo tu cuerpo flote en esa excitación, pero para tí no es vulgar, no es cualquier pensamiento. Para tí, es una estrella fugaz estrellándose de lleno en tu sien, o quizá en cualquier parte de tu cuerpo menos en la sien. De nuevo te estremeces y es cuando te ubicas realmente. 

Mierda. ¿Dónde está la intimidad? Odias esas frías y críticas miradas de la gente, esa mentalidad tan cerrada que te hace parecer obsecena por liberar tu imaginación, tu efímero deseo, el tuyo y el de cualquiera.

Y esa sonrisa cada vez se hace más latente. Deseas estar sola y, a la vez, rodeada de gente, aunque no sirve cualquier persona. Únicamente hay derecho de admisión, aquí no existe el libre albedrío y eso es lo que más revienta, que esos deseos mueran vertiginosamente. ¿Qué hay de malo en nadar a contracorriente? No te estremeces por sentir placer, es más, lo buscas, deseas que te encuentre para no sentirte tan vulnerable, para sentirte, en una palabra viva. 

Y ese es el fin de los sueños, sentirse liberadamente vivo.

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