Demasiado tiempo había pasado desde el último resbalón, tarde o temprano tenía que llegar, pero no se esperaba que fuese de esa manera.
Aquel desprecio, esa frustración se iba adueñando de la situación y no únicamente de forma conjunta. La impotencia vivida por aquella situación le hacía deteriorarse poco a poco, se volvía a convertir en una gélida sombra que borraba los boyantes caminos recorridos de la mano.
seguía sin comprenderlo, detestaba esa situación que por enésima vez presentaba reiteradamente.
Compartía la insensatez pero no predicaba infectando a los demás de esa desdicha, esa era la diferencia entre ambos. Escasez de egoísmo, embriagada de humildad o meramente persona.
Sentimientos abyectos gobernaban en sus entrañas, la rabia desbocaba en cada poro de su piel; emanaba el latoso sentimiento de culpabilidad que una tras otra se entronizaba en el caos.
¿De qué le servía? Esa soberbia la había rechazado hacía décadas pero parecía que era la única que no la quería como sombra. Otra burda equivocación y lo peor de todo es que no era propia. Se repetían las páginas del libro, siempre era el mismo final, se entumía en sí misma y ya no estaba dispuesta a volver a ser pisoteada. Se desprendía de aquella estúpida confianza depositada en alguien perecedero.
La escoria enterraba aquella pura flor pero la magia resurgía y volvía a ser la misma flor de loto


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