Últimamente, y cada vez más, recuerdas el por qué no querías nada de nadie.
Si quieres algo de alguien, esperas un gesto, una acción o algo más que una mera palabra hacia ti.
Parece mentira que se te haya podido olvidar que todo el mundo te decepciona o simplemente eres demasiado ilusa por esperar mucho más de alguien de lo que en realidad merece.
Se vuelve a esfumar aquella fugaz y efímera posibilidad de querer volver a confiar en otra persona, ya que, cuando más crees que puedes ser capaz de desvelar tus recuerdos sin que te puedan volver a herir en ese momento, te percatas de que estás mucho más guapa con la cremallera echada.
No es miedo, ni inseguridad, ni ingenuidad; es simplemente estupidez.


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